La otredad somos nosotros

Ya llevamos más de tres meses de estar en un confinamiento parcial, saliendo solo para comprar comida y mandados estrictamente necesarios. La incertidumbre crece al no tener claro qué va a detener a esta pandemia y cuándo lo hará. La reflexión que quiero hacer hoy es que está bien sentirse extraño, asustado, impaciente y agotado. No es tiempo para auto-flagelarse por no sentirse totalmente productivo un día que otro. Es normal levantarse abrumado al saber que otro día transcurre sin que la cotidianidad sea lo que fue y sin saber cuándo lo volverá a ser.

Me estremece que miles de personas estén muriendo en el mundo por este fenómeno que nos tomó por sorpresa, con las manos bajas y sin provisiones extra en la alacena. Esto parece una guerra donde los muertos se van sin dejar sangre, se van en el anonimato que implica morir - en la mejor de las suertes - en la cama de un hospital; morir para ser un número entero que se suma a la cifra de caídos que se reporta en la televisión: “Saprissa le ganó a Cartago 4 a 0, hoy llevamos 12 muertos”. Creo que a veces olvidamos que lo que se está muriendo es gente, personas con familias, familias que quedan con un campo vacío.

Otra cosa que me asombra es que hay una estigmatización de los contagiados como si estos fueran irresponsables o culpables de la crisis. Al discurso de: “quédese en casa, salga solo para lo necesario y con medidas de protección” le añadiría que “no todo mundo hizo algo negligente para contagiarse, nos puede pasar a todos, le va a pasar a muchos, ayudemos al enfermo, el enfermo podríamos ser nosotros”. O sea, que sea un discurso que no marque la diferencia entre la otredad y yo, los contagiados y yo, los muertos y yo; no, así no; mejor decir “nosotros, nuestros contagiados, nuestros muertos”. No es tema de otros, es un tema de nosotros.

Bueno, todo eso me lleva al aprecio inmenso que tengo por el “hoy” y la necesidad de hacer mis días más míos y más tangibles. Disfrutar de lo simple que aún no ha cambiado, en honor a lo simple que no apreciamos y que ya cambió. La taza de café, el pinto, un respiro, un suspiro, los sonidos y colores: la dicha de ser.