Regalos que viajan en el tiempo

Los libros y la música siempre han sido rincones donde he encontrado regocijo en distintos momentos de mi vida. Hoy voy a señalar dos piezas que han marcado mi vida en momentos precisos.

Primero, El hombre en busca escrito por Victor Frankl me dio una dosis de aliento en un momento de incertidumbre. Los detalles del momento son secundarios, lo importante de recalcar es el asombroso regalo que quien escribe da al lector. Frankl, a carta abierta cuenta los dolores vividos por el pueblo judío durante el holocausto de la segunda guerra mundial y nos regala sus reflexiones sobre la logoterapia; ambos elementos son impactantes y provocan esa pausa obligatoria en media lectura porque uno sabe que “algo” se desacomodó o acomodó en nuestra mente.

Uno de los extractos más fuertes dice así: “Vive como si ya estuvieras viviendo por segunda vez y como si la primera vez ya hubieras obrado tan desacertadamente como ahora estás a punto de obrar”. Dicha frase todavía vive en una de las fichas que tengo sobre mi escritorio, y en aquel momento de incertidumbre la miraba casi que todos los días para recordarme de esa “finitud” de nuestra vida y de la “finalidad” del momento.

Aquí lo genial es que los libros permiten que el sabio viaje a través del tiempo para regalarle - sin nada a cambio – sabiduría al ignorante. Tal vez los libros son la solución al dilema que presenta Márquez en El amor en los tiempos del cólera cuando dice que la “sabiduría nos llega cuando ya no nos sirve de nada”, permitiendo que la sabiduría llegue justo a tiempo de manos de quien ya vivió.

Segundo, La canción la trama y el desenlace escrita por Jorge Drexler. ¡Qué canción! “Como quien besa al barro al irlo pisando”. Lo que a mí la letra me transmite es la validación de celebrar el proceso en sí, de celebrar cada paso antes de llegar a la meta. La celebración del “cómo” que experimentamos todos los días porque nuestro “porqué” es suficiente para dar valía tanto a la trama como al desenlace. No puedo estar seguro si Drexler hacía alusión a eso, pero así me llegó a mí, y en el ejercicio artístico creo que hay derecho en ello.

Ahora, con la música pasa lo mismo que con los libros. Hay verdades, preguntas y dilemas que viajan del compositor a oídos de quien consume: regalos al fin de cuentas. Yo sé que la experiencia no es solo mía, pero yo siento un profundo agradecimiento hacia quienes regalan lo aprendido y lo envuelven en música o lo plasman en páginas. Obvio, el arte tiene su valor monetario, pero ese no es el punto. ¿O se imaginan que los libros y la música se vendieran por la capacidad impactar nuestra vida? 😆